Shannon E. St. John: Movimiento Mundial de Fundaciones Cívicas
Me gustaría iniciar un debate sobre el movimiento mundial de las fundaciones cívicas contando una breve historia.
Estamos en 1914, en Cleveland, Ohio (EE.UU.). John D. Rockefeller, fundador de Standard Oil y de la Rockefeller Foundation, acaba de enfadarse con las autoridades fiscales del Estado de Ohio, y como represalia decide trasladar su familia, sus negocios y su filantropía a la ciudad de Nueva York.
Rockefeller ofrece a su viejo amigo, el banquero y abogado Frederick Goff, la oportunidad de trasladarse con él a Nueva York. Pero el señor Goff lleva toda la vida en Cleveland y sabe que la partida de Rockefeller tendrá efectos devastadores para su ciudad natal. Así que decide quedarse en Cleveland para intentar ayudar a que la ciudad se recupere. Goff piensa que si es capaz de crear un instrumento que puedan utilizar un gran número de personas con un cierto nivel de recursos, sin llegar necesariamente al nivel de Rockefeller, para aportar algo de estabilidad a sus comunidades, sabiendo que sus donaciones serán bien administradas y cuidadosamente distribuidas en beneficio de la comunidad, quizá esas personas puedan contribuir a llenar el vacío dejado en Cleveland por la marcha de Rockefeller. Así nació la Cleveland Foundation, la primera fundación cívica de Estados Unidos.
La mejor parte de esta historia es su epílogo, ya que, en la actualidad, la Cleveland Foundation, cuyos activos han superado los mil millones de dólares, da más a Cleveland que la Rockefeller Foundation al conjunto de Estados Unidos.
Esta historia me parece importante, no como reflejo de las tradiciones filantrópicas estadounidenses, sino más bien por lo contrario: es importante porque refleja la esperanza que ofrece la filantropía comunitaria para todo el mundo. No todos los países, ni todas las comunidades tienen un Rockefeller. Pero en cada comunidad hay un Frederic Goff, un líder comprometido, profundamente arraigado en su tierra, con visión de futuro, optimista y dispuesto a sacrificar sus propios intereses por el bien de la comunidad. Y lo más importante: considero que el impulso filantrópico, definido como el deseo de devolver algo a la propia comunidad, o de ayudar a quienes son menos afortunados que nosotros, sean cuales sean nuestros medios, tiene carácter universal. Por último, también es universal la verdad que esta historia transmite con tanto acierto y que constituye el elemento fundamental que define la filantropía comunitaria: la certeza de que la unión hace la fuerza. En mi opinión, éste es el motivo por el que las fundaciones cívicas han calado tan hondo en todo el mundo.
Cuando en 1983 comencé a trabajar en el ámbito de las fundaciones cívicas, el "sector" constaba de menos de 300 fundaciones, radicadas exclusivamente en Estados Unidos y Canadá. En la actualidad, tan sólo veintidós años después, existen casi 1.200 fundaciones comunitarias en cuarenta y tres países de todos los continentes, salvo en la Antártida. Algunas de ellas se han creado siguiendo de forma deliberada el modelo estadounidense, pero muchas otras, situadas en lugares tan dispares como Mumbai o Bulawayo, se han originado a partir de tradiciones que llevan siglos de adelanto a la primera fundación comunitaria formalmente constituida: la de Cleveland en 1914.
El surgimiento de las fundaciones comunitarias como fenómeno mundial ha coincidido, y no por casualidad, con varias tendencias globales. La primera es la aparición de la democracia y de la sociedad civil en Estados anteriormente autoritarios. Las fundaciones comunitarias representan la democratización de la filantropía, que sitúan al alcance de todos los ciudadanos. La segunda tendencia ha sido la descentralización de la gobernanza y de la toma de decisiones, pasando de las autoridades centrales a las unidades locales. La tercera tendencia consiste en el traslado de responsabilidades que antes eran del sector público a sociedades privadas y organizaciones no gubernamentales. Las fundaciones comunitarias se alimentan de estas tendencias -participación cívica, localización y privatización- y les dan su máxima y mejor expresión. Ofrecen a cada ciudadano, ya sea de medios importantes o modestos, la capacidad de participar de forma voluntaria en la mejora de su comunidad. Y de hecho, la virtud que caracteriza a una fundación comunitaria es que no sólo forma parte de la sociedad civil, sino que crea sociedad civil. La estructura funciona más allá de fronteras geográficas y culturales gracias a que está arraigada fundamentalmente en el impulso filantrópico que impregna el espíritu humano universal y en cada una de las tradiciones culturales y religiosas del mundo.
En los últimos nueve años he tenido oportunidad de ver y de aprender de primera mano de las experiencias vividas en fundaciones comunitarias de quince países de todo el mundo. Cada experiencia ha fortalecido mi creencia en el carácter universal del impulso filantrópico, aunque pueda expresarse en un entorno cultural concreto. Además, personalmente he sido testigo de la capacidad de adaptación del modelo de fundación cívica para desarrollarse a partir de ese impulso en una gran variedad de circunstancias, y el potencial del modelo para crear una capacidad filantrópica localmente arraigada.
Si bien su forma exacta puede diferir según las distintas culturas (y según las comunidades, incluso en los países donde más desarrolladas están), las fundaciones cívicas comparten algunas características comunes:
En primer lugar, una fundación comunitaria se rige por un Consejo activo y comprometido, ampliamente representativo del área a la que presta servicio. El Consejo de la fundación comunitaria encarna el principio de que las personas de una comunidad pueden juzgar y resolver mejor las necesidades y oportunidades de su propia comunidad. El Consejo de Administración de la fundación abarca e incluye a todas las partes interesadas de su localidad, sin ser dominada por ninguna de ellas. La definición de partes interesadas varía mucho según las distintas comunidades. En Latinoamérica, los líderes eclesiásticos suelen formar parte del liderazgo. En las democracias emergentes suelen implicarse funcionarios públicos de distintos partidos, así como líderes de la sociedad civil. En muchas zonas de EE.UU. y de Europa, los sindicatos forman parte del Consejo. El objetivo es el mismo: la fundación comunitaria obtiene su legitimidad de la credibilidad, neutralidad y diversidad de su Consejo. De esta manera, por su propia composición y funcionamiento, la fundación comunitaria refleja el ideal de la sociedad democrática. Por otra parte, el hecho de estar enraizada en el liderazgo local la convierte en un importante trampolín para el desarrollo impulsado por la comunidad y para que sus efectos sean sostenidos.
En segundo lugar, las fundaciones cívicas sirven para atraer y movilizar recursos privados a beneficio de la comunidad a largo plazo. Una fundación comunitaria no depende de las contribuciones de un único donante, o de un puñado de ellos, sino que obtiene su apoyo y su fortaleza con la captación de muchos donantes distintos, principalmente locales. De este modo se crea una cultura generalizada de filantropía, al tiempo que se acumula un capital benéfico. De hecho, un gran número de fundaciones comunitarias asumen que parte de su misión consiste en instruir a sus comunidades, y en especial a los jóvenes, sobre filantropía. Por ejemplo, en Banska Bystrica (Eslovaquia), donde el espíritu de la iniciativa privada y el voluntariado fueron sistemáticamente reprimidos durante más de cuarenta años de régimen comunista, la fundación cívica ha movilizado grupos de jóvenes para enseñarles a ser filántropos con la aportación de pequeñas cantidades de dinero para premiar las ONG locales. Estos jóvenes donantes estudian detenidamente las necesidades y ventajas de su comunidad para tomar sus decisiones, entretejiéndolas en la cultura de su región local. Como ya he dicho, las fundaciones comunitarias no sólo forman parte de la cultura de la filantropía, sino que además crean la cultura de la filantropía, que se transforma en capital sostenible y en liderazgo para abordar problemas a largo plazo, como la pobreza.
Por último, las fundaciones cívicas son donantes de subvenciones estratégicos y audaces líderes de la comunidad. A menudo, el liderazgo y la educación preceden al dinero. Las fundaciones cívicas fomentan el desarrollo impulsado por la comunidad, primero y ante todo creando comunidad: reuniendo los diversos elementos que constituyen la comunidad a través de líneas sectoriales y alcanzando acuerdos para elaborar una agenda comunitaria, creando sostenibilidad y amplia participación. En Brasil, por ejemplo, nueve fundaciones cívicas emergentes de comunidades muy distintas realizan análisis de activos comunitarios como base para establecer las prioridades de las futuras inversiones sociales: las suyas y las de los demás. En Gütersloh (Alemania), la Gutersloh City Foundation celebra numerosas reuniones comunitarias, que permiten a ciudadanos de toda condición social fijar las prioridades de las necesidades de su comunidad. En muchos lugares de EE.UU., la mía incluida, las fundaciones cívicas educan de forma activa a los donantes sobre las necesidades de la comunidad, por ejemplo, organizando recorridos en autobús por barrios empobrecidos.
A la hora de otorgar subvenciones, las fundaciones comunitarias se guían por una perspectiva estratégica a largo plazo. Es esta característica la que da mayor capacidad al modelo más potente para resolver los problemas comunitarios más profundamente arraigados. Aquí debo señalar una distinción importante. Por regla general, las fundaciones cívicas no organizan programas directamente, sino que hacen posibles los programas de otras ONG concediendo subvenciones y educando a los donantes y a la comunidad sobre la necesidad de los mismos. Por ejemplo, en Bulgaria, las fundaciones cívicas, mediante programas de subvención continuados, aparecen como los principales recursos locales para resolver a largo plazo los problemas de pobreza y falta de educación de la comunidad romaní. Una asociación emergente entre fundaciones cívicas de México y EE.UU. en ciudades fronterizas intenta resolver los problemas de pobreza y desafección entre los indígenas mexicanos de ambos lados de la frontera. Su conocimiento de la situación local también convierte a las organizaciones cívicas filantrópicas en socios locales efectivos y eficientes para distribuir los fondos de organizaciones más grandes o de donantes individuales para lograr objetivos comunes. En numerosos lugares de Europa Central y del Este, por ejemplo, las fundaciones comunitarias se han convertido en agentes locales para los fondos que destina la Unión Europea a fortalecer el desarrollo de la comunidad. Mi propia comunidad, la Triangle Community Foundation se ha convertido en un intermediario activo entre personas acomodadas y organizaciones de desarrollo comunitario. Recientemente, una alianza de este tipo ha logrado animar a las personas más ricas de nuestra región a crear un centro comunitario de formación en una comunidad de vivienda pública local.
En los próximos años, las organizaciones filantrópicas comunitarias de todo el mundo tendrán un impacto incalculable sobre cada una de las comunidades individuales, a medida que los recursos y la capacidad intelectual se apliquen por medio de este instrumento a los problemas locales. Pueden incluso transformar países, cuando millones de ciudadanos con ingresos altos y modestos se vean capacitados por la filantropía cívica para crear un cambio positivo. Y sin duda alguna, tendrán repercusión por todo el mundo, a medida que las energías y los recursos de los nuevos líderes se vayan sumando a la riqueza de capacidades que se dedican en todo el mundo a los difíciles problemas a los que se enfrenta nuestro planeta. Ha llegado la hora de aprovechar esta oportunidad, y espero ver y aprender de la innovación y del impacto que se producirá cuando el modelo de la fundación comunitaria se instale en el fértil suelo de España.